8 de febrero de 2017

Granada, embrujo moruno

Siguiendo los pasos de mi anterior viaje andaluz, meses después regresé al Sur. Antes de que me invadiera la nostalgia ante la inminente llegada de mi cuarenta cumpleaños, decidí escaparme unos días a Granada, para mí ligada siempre a recuerdos felices.


Apenas hacía una hora que habíamos llegado a la ciudad y el embrujo de Granada ya me arañaba el corazón mientras nos registrábamos en la recepción del hostal. A través del balcón de nuestra habitación, se colaba un rasgueo de guitarra que retumbaba en un estrecho callejón del Albaicín. Era mediodía y el sol brillaba con fuerza en la ribera del Darro, a lo largo del Paseo de los Tristes.


El Albaicín es la verdadera alma granadina. En la silenciosa penumbra de sus calles no encontraremos la pompa ni el boato de la opulenta catedral, ni tampoco un ajetreado y folclórico zoco como la Alcaicería. El Albaicín es sólo luz blanca que resplandece a los pies de la Alhambra. Es el rumor, frágil y esquivo, del agua que brolla de la fuente. Azulejos de floridas vírgenes dolientes adornan las tapias encaladas que ocultan algún pequeño huerto de naranjos. De vez en cuando, el lamento de una guitarra rompe la quietud del Albaicín y estremece a los turistas.


Y sobre el Albaicín se eleva la Alhambra. Oro puro sobre blanco. Entrada la tarde del día siguiente a nuestra llegada, iniciamos la visita con los Palacios Nazaríes, una sucesión desordenada de patios rectangulares, con una gran fuente en el centro y rodeados de estancias con una cúpula en el techo. Recorrer sus pasillos no es sólo retroceder siglos de historia, es adentrarse en un sueño. Un sueño morisco a través de salones y galerías embellecidas por incontables artesonados geométricos, labrados en la piedra y engalanados por los versos del Corán, y de azulejos de colores formando infinidad de mosaicos.


La Alhambra no es un palacio de piedra: pues no hay nada más frágil que su arquitectura de agua y encajes esculpidos. Frente al concepto arquitectónico cristiano de robusta fortaleza, los sultanes crearon un palacio fugaz y volátil como el viento, como los sueños de aquel pueblo nómada del desierto que un día decidió cruzar el mar y reinar sobre Al-Andalus.


El Generalife, al otro extremo, fue construido como una residencia de verano para los reyes nazaríes. En medio del tumulto de uno de los sitios turísticos más concurridos se encuentra un oasis de silencio. La luz aterciopelada se filtra entre las celosías y unas tímidas lucernas estrelladas alumbran las estancias del palacio. Afuera, los jardines rebosan verdor al son del leve murmullo de las acequias y albercas. El Generalife es como un poema de agua y aroma de azahar, el lugar donde se escapan los suspiros.


El sol ya empezaba a ponerse y el horizonte iba del dorado al violeta a medida que menguaba la luz. Las nubes brillaban con fulgor escarlata y las almenaras rojizas de la Alhambra también parecían brillar con un resplandor rosado. El cielo empezó a oscurecerse y asomaba una medialuna que prometía una noche bellísima. Faltaban pocos minutos para que la Alhambra cerrara sus puertas a los turistas pero no sentía lástima por marcharme, me fui con la certeza de que en algún momento volvería. Eso es lo mejor de visitar Granada, saber que siempre volveré una y otra vez.
«Por el agua de Granada, sólo reman los suspiros» (Federico García Lorca)

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