22 de julio de 2015

Zanzibar, vientos del Índico

La sombra de la despedida entristecía la última noche de acampada. Largos días de viaje habían despertado entre nosotros la camaradería y la amistad, pero la hora del adiós se aproximaba inexorable. En Zanzibar cada uno viajaría por cuenta propia, aunque parte del grupo coincidiéramos en alguna excursión o en el alojamiento reservado en Kizimkazi. Entre todos rememoramos las experiencias vividas en esas últimas semanas tan intensas. Carmen nos contó al fin, tal como prometió nuestro primer día de acampada, una macabra historia sobre leones y turistas que no pueden aguantar una noche sin salir de la tienda para ir a mear. Las risas levantaron los ánimos pero, aún así, a veces regresaba la melancolía. La despedida es el lado más amargo de los más bellos viajes. A la mañana siguiente en el aeropuerto de Arusha, antes de tomar una avioneta hasta Zanzibar, nos despedimos con inmensa gratitud de Bgweno, Simon, Goodluck y Stephano. Por último nos despedimos de Carmen. No podíamos haber tenido una guía mejor, gran conocedora de la cultura africana, amante de la naturaleza, resolutiva, simpática y divertida. Dejé escapar un par de lagrimillas —No llores, que volverás —dijo riendo. Minutos después, la avioneta despegó. Las nubes nos engulleron enseguida y Tanzania se borró así de mi vista, quedando para siempre prendida en mi corazón y en mi memoria.


Volamos hasta Zanzibar en una avioneta de diez plazas, incluida la del piloto. Tuve que sentarme atrás del todo, pero Javier fue mucho más afortunado y se sentó en el asiento del copiloto. Durante el vuelo, tuvo oportunidad de observar el funcionamiento de la cabina de mandos y la maravillosa visión de las cumbres nevadas del Kilimanjaro sobrepasando las nubes. Una vez activado el piloto automático, aprovechó también el piloto para fotografiar al Kilimanjaro y colgarlo acto seguido en Instagram. Luego almorzó escuchando música con sus auriculares. Tanto se relajó que por unos momentos pensamos que se había quedado dormido. Una hora después, ya estábamos sobrevolando Stonetown, la capital de Zanzibar, a punto de aterrizar. Mientras comentábamos entre risitas nerviosas la actitud tan despreocupada del piloto, la avioneta realizó un pronunciado viraje; resultó que el piloto había soltado los mandos unos segundos para leer un mensaje recibido en su teléfono móvil. ¡Estábamos ansiosos por aterrizar!


El calor del mediodía aún recluía a los habitantes de la ciudad en sus casas y en los patios sombreados. Así que por un breve tiempo, pudimos deambular en soledad por el silencioso laberinto de callejuelas de Stonetown, la Ciudad de Piedra. El sol caía con una dureza implacable sobre los antiguos palacios y las mansiones árabes de piedra coralina que dan nombre a la ciudad. Los bellísimos portones de madera labrada invitaban a asomarnos en su interior. La llamada a la oración del muecín voló sobre los tejados. Desde los minaretes de mezquitas más alejadas, los otros almuédanos se unieron a los rezos del primero y envolvieron la ciudad entera con su canto. Conforme atardecía, Stonetown se poblaba de ruidos, los niños salían a jugar y las mujeres sacaban sillas a la calle para formar pequeñas tertulias. En las estrechas callejuelas, las bicicletas y las motos pasaban a nuestro lado casi rozándonos. Las tiendas se abrían y los hombres parloteaban mientras jugaban partidas de dominó o bao (se juega con semillas o conchas sobre un tablero dividido en cuatro filas de ocho hoyos cada una). Del interior de las tiendas de especias salía un intenso aroma a clavo. Los olores crecían según avanzábamos hacia las calles del bazar y eran especialmente fuertes en las cercanías del mercado de Daranjani. El bullicioso bazar estallaba en colores y vibraba: griterío de vendedores, timbrazos de bicicleta, risas de las mujeres que se agrupaban en torno a los puestos, el alboroto de unos muchachos formando un círculo en cuclillas alrededor de dos jugadores de bao y charlas de ventana a ventana entre vecinos. Dejando atrás los callejones del bazar llegamos al mercado de Daranjani. La lonja, que despedía un tufo insufrible a tripas de pescado, rebosaba de peces y mariscos. Caminamos durante un buen rato sin rumbo fijo, entre el gentío que entraba y salía, vociferaba, regateaba, sudaba, reía, y nos arrastraba por la corriente de vida que desbordaba el mercado.


Desde el puerto, llegó con nitidez el sonido de la sirena de un decrépito barco y nos acercamos andando hasta los muelles. La cálida luz de la tarde caía sobre el mar. El viento soplaba más fuerte y barría la calima. En la rada del puerto fondeaban algunas falucas de pescadores. Caminamos hasta el otro extremo de la bocana del puerto, más allá de la Casa de las Maravillas, el gran palacio del último sultán de Zanzibar. Una liviana faluca regresaba con la vela hinchada por los vientos del Índico. En la orilla, un grupo de niños chapoteaba junto a los armazones corroídos de varias falucas encalladas. Unas mujeres se sentaban en cuclillas y limpiaban las tripas de los pescados o troceaban los pulpos. A un lado, los pescadores iban llegando con su carga, después de recoger las redes. La intensa luminosidad de la tarde lo embellecía todo. El aire tibio y cargado de salitre me acariciaba la piel. Los jardines de Forodhani, frente a la bahía, se llenaron de tenderetes donde se asaba cordero, pulpo picante, pescados con salsa india de masala y otros manjares. Las parrillas de pescado humeaban y los escasos turistas que había esa tarde en Stonetown nos concentramos allí, atraídos por el suculento olor. El sol ya rozaba la línea del mar, dejando su estela ardiente sobre el cielo.


El verdadero lujo es un pequeño bungaló frente a la costa de Kizimkazi, con un fresco techo de hojas de palma y un baño con espejo. Después de dos semanas de acampada, tan sólo queríamos dormir sobre un colchón mullido oyendo el rumor de las olas. La mañana siguiente amaneció triste y nublada pero, con la esperanza de que el cielo se abriera, decidimos ir hasta un par de playas recomendadas del norte de la isla, Kendwa y Kiwengwa. La carretera corría en paralelo al mar entre altísimos cocoteros mecidos por el viento. Atravesamos míseras aldeas de chozas de piedra de coral cubiertas por hojas secas de palmera. Una familia de colobos rojos, especie endémica de Zanzibar, cruzó rápidamente frente al bus. Tras una hora y media de baches y brincos, alcanzamos Kendwa. A media mañana los cielos se abrieron y el mar resplandeció con un intenso color turquesa. La marea alta hacía saltar las olas espumosas sobre el arrecife y la arena ardía con el sol. A la sombra de un chamizo, unos pescadores jugaban al bao y unas falucas faenaban cerca de la costa, deslizándose veloces sobre el océano.


Pronto nos vimos rodeados por los llamados beach boys, que tanto nos vendían baratijas como nos ofrecían excursiones a diversos puntos de interés turístico. Los beach boys respondían a nombres tan dispares como Marbella, Pulpo, Alfonso, Chiquito… inventados según la nacionalidad de la clientela. Enseguida se percataron de nuestro nulo interés en comprar pulseras o contratar la excursión “ruta de las especias” y dejaron de acosarnos. Aún así, se entretuvieron un rato con nosotros. —¡España! —exclamó uno de ellos e inició de inmediato una letanía de expresiones aprendidas de algún turista español: —buenos días, qué tal, visca Barça, hola-hola coca-cola. Detuvo un instante su discurso, tomó aire y concluyó con voz recia —Olé tus cojones. Comimos en un chiringuito donde nos sirvieron a ritmo zanzibareño, pole-pole, es decir, transcurrieron casi dos horas entre la comanda y el plato servido. Luego nos marchamos hacia la otra playa, Kiwengwa. Al otro lado de la carretera, la línea jade del mar se dibujaba nítida sobre la arena y los cocoteros se balanceaban en un ritmo sensual. En la playa, unos chicos jugaban a fútbol mientras un par de pescadores preparaban sus redes sobre las barcazas varadas en la marea baja.


A las seis de la mañana siguiente, me recogió una faluca en la pequeña playa frente al hotel. Por miedo al mareo, Javier decidió quedarse. Se había levantado muchísimo viento y las olas golpeaban con violencia el casco del barco. La madera del mástil crujía y un joven grumete achicaba el agua que entraba a borbotones mientras la faluca se balanceaba bruscamente de un lado a otro. Mientras tanto, yo estaba empapada, tiritando de frío y con las legañas pegadas aún, agarrándome torpemente a cualquier asidero de la cubierta e intentando no caerme por la borda empujada por la furia del oleaje. La intención era ver los delfines que a primera hora de la mañana suelen nadar a poca distancia de la costa. Me estaba preguntado si había sido buena idea cuando, de repente, allí estaban. Al menos una docena de delfines rodeaban la faluca, saltaban con el vaivén de las olas, pasaban de un lado a otro por debajo de la barca y brincaban velozmente sobre la superficie del mar. Eran tan poderosamente bellos que en ese mismo momento olvidé el madrugón, el frío y el mar embravecido.


La faluca regresó al hotel a tiempo para desayunar. Por suerte para Javier, mientras desayunábamos el viento amainó bastante y las olas se apaciguaron hasta calmarse, así que nos embarcamos de nuevo en la misma faluca, junto a otros compañeros del grupo. Al entrar en mar abierto, el barco apagó su jadeante motor y desplegamos la vela. El viento, que hinchaba la lona mientras las olas mecían suavemente la faluca, soplaba cálido y empapado de una vaporosa sensualidad. La costa resplandecía, cegada por el ardor del día, y el mar chispeaba la luz dorada del sol. Tras una hora de navegación por la bahía de Menai, echamos el ancla cerca de un arrecife de coral para hacer snorkelling un rato y luego continuamos navegando hasta fondear en un idílico y solitario banco de arena. Los olas, que llegaban adormecidas después de romperse contra el arrecife, tenían una tersura transparente, tocadas por un intenso resplandor turquesa. Mientras nos dábamos un chapuzón, los chicos que manejaban la faluca colocaron una parrilla sobre la arena, desplegaron una mesa y unas sillas bajo un toldillo y nos asaron una parrillada de langosta, calamares, pulpo y pescado, aderezado con una sabrosa caldereta, ¡por una quinta parte de lo que se paga en Cala Fornells!


Al viajar, todo está en permanente movimiento y sólo parece detenerse nuestro propio tiempo interno, como si quedara suspendido en el vacío. Mientras el mundo corre a nuestro lado, vemos nuestro propio reflejo detenido en el espejo del tiempo. Por eso, el viaje crea en nosotros la sensación de que los días son eternos. Y sin embargo, aunque no lo percibamos, los días de viaje se suceden uno tras otro hasta llegar al final. Hasta llegar a un billete de avión con fecha de regreso. Ahora vuelve a mis labios el sabor de la cerveza caliente bebida en una parada del camino, donde flota polvo rojizo bajo la calima del mediodía, y noto aún en la piel la delicada caricia del aire de la sabana. Veo de nuevo ante mí un cachorro de león clavando su mirada en la mía y en mis oídos siguen resonando las risas de los niños —Hello mzungu! corriendo detrás de mi bicicleta. No sé si volveré a África algún día, pero sí sé que África volverá siempre a mí.
«Dicen que hay personas a quienes los mapas les son indiferentes, y a mí me cuesta creerlo.»
(Robert Louis Stevenson)

Gracias familia, amigos y lectores espontáneos por seguir el blog, un placer compartirlo.

5 comentarios :

Anónimo dijo...

PRECIOSO!!!!

No veo ningún Rino......

Tomeu B. dijo...

Com sempre fantàstiques fotos i fantàstiques paraules.

Marga dijo...

Benvinguts!!! Ja ens contareu més coses d'aquesta aventura.

Mamen dijo...

Por fin lo leí con tranquilidad! Qué bonito poder viajar con vosotros un poquito tal como lo cuentas. Precioso viaje. Ahora a esperar a ver todas las fotos !!!

Katiana Marí dijo...

Gràcies a tots! Mamen, qué bien que te hayas pasado por aquí, que este año está esto muy solitario jajaja. Un besazo.